Cultura Leonesa
León, un territorio con personalidad, historia, cultura, economía y derecho consuetudinario propios.
La identidad cultural de un grupo humano viene marcada por diferentes rasgos: su historia, su legado patrimonial, el modo en el que esas gentes han poblado el territorio y extraído de él sus recursos sin esquilmarlo… es decir, la forma en que el colectivo se relaciona entre sí y con su entorno.
De todo ello van quedando huellas en:
1) El paisaje
2) La arquitectura popular
3) Las fiestas
4) Los juegos y deportes
5) La lengua tradicional o en la gastronomía.
Además, escritores, estudiosos y testigos del más diverso tipo han venido documentando y dejado sus impresiones, a lo largo del tiempo, de esas huellas.
Desde épocas prerromanas, el espacio leonés ha venido constituyendo una realidad constante, un hecho cultural que cuenta con sus propias claves y que así ha sido percibido por propios y extraños. Ya los romanos englobaron gran parte del territorio leonés en el llamado ‘Conventus Asturum’, que incluía dos agrupaciones de gentes: los ástures transmontanos (aproximadamente la Asturias actual) y los ástures augustanos (con límites similares a los de la hoy provincia de León).
Todos ellos -junto a los vadinienses que tallaron bellas lápidas votivas- habitaban en castros o poblados fortificados compuestos por casas ovaladas y ubicados en lugares altos, estratégicos. La vinculación social, económica y cultural de ambos espacios, al norte y al sur de la cordillera, era y sigue siendo estrechísima, al extremo de que, hasta el Siglo de Oro, leoneses y asturianos eran percibidos por el común de la población española casi como un único tipo humano.
Y, en efecto, el reino ástur se había convertido en reino de León sin ningún tipo de convulsión o fractura: sencillamente, su capital fue trasladada en el año 910 a la antigua Legio, ciudad romana ya enmarcada en ese espacio político junto a un amplio territorio, el ubicado al sur de la cordillera cantábrica en su sector occidental, al que se empieza a denominar con nombres concretos como el de ‘Foris Montes’ o ‘Terra de Foras’.
También en esa época aparece nombrado El Bierzo, por primera vez, como entidad geográfica con personalidad propia (‘Territorium Bergidense’). Una vez basculado por completo hacia su parte meridional, se extienden los más de trescientos años del reino de León como entidad política independiente. Un reino pionero en materia jurídica a nivel mundial, cuyas leyes y ordenamientos sirvieron de base para muchos otros territorios peninsulares.
Así, el Fuero de León (1017) consagra la inviolabilidad del hogar y defiende los derechos de la mujer, mientras que en 1188 el rey Alfonso IX convoca unas Cortes en las que, por primera vez en la historia, se da voz al pueblo llano junto a representantes de la nobleza y del clero.
En 2013 la Unesco reconoció sus actas, los Decreta, como “el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo”.
Resulta conveniente resaltar que, en numerosas ocasiones, los documentos se refieren a ese país como “regnum legionensis”, es decir, “reino de los leoneses” y menos como “regnum legionis” o “reino de León”: se percibía por tanto la existencia de un colectivo humano que ocupaba valles y montañas, páramos y riberas, y donde, además de la ciudad cuyo nombre había sido romanceado como León, otras destacadas poblaciones ejercían su influencia: Astorga, Sahagún, Villafranca, Benavente, Ponferrada o Coyanza.
Del reino de León se desgajarían dos condados que acabarían por convertirse en reinos independientes, primero el de Castilla en el siglo XI y después el de Portugal en el XII.
Por lo tanto, y dado que León la precede en el tiempo -y porque, como veremos, cuenta con su propia personalidad cultural y su propia tradición política-, es incorrecto referirse a las cosas, tierras y gentes leonesas como “castellanas” por más que, a causa de un proceso similar al sucedido en más zonas de la península, el idioma y otros aspectos procedentes de Castilla hayan ido extendiéndose paulatinamente por este territorio.
Es en esa etapa, y en algunas de las posteriores, cuando comienzan a elevarse los monumentos más representativos de esta tierra, como:
- Las catedrales de León y de Astorga
- El castillo de Ponferrada
- El conjunto histórico-artístico de Villafranca del Bierzo
- La basílica de San Isidoro, en cuyo Panteón Real, la Capilla Sixtina del Arte Románico, reposan los cuerpos de muchos de los monarcas del reino Santiago de Peñalba, San Miguel de Escalada y otros exponentes del arte mozárabe, llamado también ‘prerrománico leonés’ cuando se refiere al entorno regio legionense;
- Las iglesias del románico de ladrillo y del gótico mudéjar de Sahagún, así como centenares de monasterios, fortalezas, ermitas y templos rurales diseminados por todo el territorio con un exuberante séquito de retablos, pinturas, tallas, tapices, platería, orfebrería, rejería y otros objetos de culto.
Tras el reinado de una veintena de monarcas, algunos tan destacados como Alfonso VII ‘el Emperador’ o Urraca I, la primera mujer que reinó por derecho propio en Europa, en 1230 el reino rival de Castilla logra hacerse con el control del de León tras impedir a las herederas de Alfonso IX -quien legó el trono a sus dos hijas, otra insólita decisión en aquel tiempo- su acceso al trono.
El hecho de hacer recaer ambas coronas sobre un mismo monarca no se llevó a cabo sin resistencia: hubo graves revueltas en León, Asturias y Galicia: Rodríguez Carnota, merino de la capital, se hizo con las torres de la ciudad y, junto al caballero don Diego y a otros hombres, se enfrentó a los castellanos cuando entraron en León, negándose durante varios días a entregarla. Las Cortes de ambos reinos, en fin, siguieron reuniéndose por separado hasta 1348.
No tuvo lugar, así pues, una fusión en cuanto tal, dado que las gentes leonesas siguieron ostentando instituciones propias bajo el amparo del Adelantamiento Mayor del reino de León, con moneda propia y figuras como la del Adelantado, el Notario y hasta un Defensor del reino de León. Bien es cierto que, con el paso del tiempo, y sobre todo tras las sucesivas reformas unificadoras impuestas por la monarquía hispánica, esas particularidades institucionales irán desapareciendo paulatinamente.
Podemos comprobar cómo ciertos documentos y crónicas de esos años califican de “castellanas” a poblaciones y personas leonesas, algo que no debe llevar a pensar en una asimilación: era la manera de referirse a cualquier lugar o vecino de la corona de Castilla, un conjunto de territorios que englobaba varios reinos, uno de ellos el de León. Así, personas de Galicia, Murcia o Extremadura son también llamados “castellanos” desde ese punto de vista.
Los siglos XVI, XVII y XVIII fueron de enorme decadencia para las comarcas leonesas. Con los centros de decisión política desplazados al centro y sur de la península, las villas y ciudades de esta tierra se vaciaron hasta extremos insólitos.
No obstante, su mundo rural continuó vivo y rigiéndose por las mismas instituciones populares y por el mismo derecho consuetudinario que habían marcado el día a día desde tiempo inmemorial: de entre ellas destaca sobremanera el concejo y su reunión periódica de vecinos para acordar decisiones encaminadas al gobierno de la comunidad y al bien común, con trabajos comunitarios (hacenderas o facenderas), amén de cargos electos y de unas ordenanzas, escritas o no, que regulaban cada aspecto, por mínimo que fuera, del aprovechamiento comunitario de fincas, pastos y montes, así como de la gestión del agua.
Los concejos leoneses, con su particular sistema de autogestión, propiciaron una suerte de nivelación social que, si bien por una parte aseguraba la supervivencia de todos los vecinos sin marcadas diferencias de riqueza o clase -algo que diferencia grandemente a León de otros territorios de la península-, por otra impidió la concentración del capital en pocas manos, reduciendo así las posibilidades de inversión y creación de empresas ya en época contemporánea.
Pero lo leonés siguió presente en estructuras y mentalidades. Durante la Guerra de la Independencia contra los ejércitos de Napoleón, las gentes de esta tierra crearon la Junta del Reino de León, por cierto que en pugna con la Junta de Castilla la Vieja, que ordenó a los leoneses integrarse en ella y que llegó incluso a encarcelar a algunos de sus miembros, aunque finalmente la Junta Suprema Central reconoció su legalidad.
En el siglo XIX, las reformas liberales trajeron consigo el mapa de Javier de Burgos de 1833, que crea las actuales provincias. Una de sus regiones históricas, llamada León, era la formada por las provincias de Salamanca, Zamora y León. En anteriores intentos de división por provincias, la de Villafranca del Bierzo había existido entre 1822 y 1823, y las actuales León y Asturias estuvieron asimismo englobadas dentro de unas mismas fronteras como un único ente.
Resulta curioso comprobar cómo los límites del antiguo Adelantamiento del Reino de León coincidían en su mayor parte con un espacio etnográfico que algunos investigadores actuales denominan ‘Cisasturia’: prácticamente la actual provincia de León más el norte de la de Zamora hasta la confluencia de los ríos Esla y Duero, y porciones lindantes de Ourense y del Tras-os-Montes portugués, una plataforma cultural cuyos habitantes han venido exhibiendo una misma manera de ocupar el territorio: en pequeñas y numerosas localidades -con una distancia entre ellas no mayor de seis kilómetros-, cada una con iglesia, cementerio y pendón propios, autogestionadas por un concejo -hoy, junta vecinal-, en la mayoría de los casos poseedor de extensos terrenos comunales y que se encuentran agrupadas en comarcas naturales con una cabecera donde se organizaban mercados periódicos.
Se trata de un modo de asentamiento y de ocupación del territorio diferenciados tanto del poblamiento disperso en extremo, propio de las áreas más atlánticas de Galicia o Asturias, como del gran municipio concentrado castellano.
El territorio de este ‘León esencial’ abunda en ríos y manantiales -es el área de surgencia de agua dulce más importante de España junto a los Pirineos, y también la provincia con más kilómetros de cauces fluviales en su seno-, lo cual hace que su economía tradicional haya estado basada en una suerte de diversificación agraria singular: el ganado vacuno, importante en la zona, convivía con el ovino y el caprino, y todo ello con un aprovechamiento mixto de cereales, legumbres, viñedo y huerta.
La casa era una unidad de producción, una célula casi autónoma donde personas, ganado y almacenamiento de hierba, paja, grano y otros productos tenían acomodo. Algo que se evidencia en la casa tradicional ‘de doble nave’, tan numerosas por toda la provincia, con sus grandes puertas por las que entraba el carro y las vacas, y otra más pequeña para las personas, y en la casa ‘de patín’, propia del Bierzo, Cabrera y otras zonas del Occidente, cuya planta baja ocupaba el ganado y la superior, a la que se accedía por una escalera exterior o ‘patín’, las personas.
Otras construcciones emblemáticas de la arquitectura leonesa reflejan esta diversidad agroganadera: bodegas subterráneas o ‘cuevas’, chozos de pastor con cubierta cónica de materia vegetal, palomares, casetos de era, hórreos -León es la tercera región española en la que más se conservan, hoy quedan más de 300- con cubierta tanto a dos como a cuatro aguas, y destacados testimonios de dos tipos de casa extraordinariamente arcaicos: las de planta redondeada y techo de paja de centeno (pallozas o casas de ‘teito’) y las llamadas ‘casas de humo’
o ‘de horcón’ de la Montaña Oriental, cuya techumbre descansa no sobre los muros como tales sino sobre unos grandes pies derechos en forma de horca. Hasta bien entrada la mitad del siglo XX, León era el territorio peninsular en el que más abundaban las viviendas y construcciones auxiliares con techo de paja.
Poco que ver, por tanto, con el poblamiento de Tierra de Campos y de otras extensas áreas del centro peninsular, que han venido presentando un monocultivo casi completo de cereal, sobre todo trigo, y fincas extensas que contrastan con el minifundismo histórico leonés.
Las casas de esas poblaciones, más reducidas y habitualmente no compartidas con los animales y los productos agrícolas como en nuestras comarcas, acogen solo a personas; las cuadras, rediles y pajares están ubicados en el exterior de cada pueblo, no en el interior de ellos.
Son frecuentes en estos territorios las casas de jornaleros, personas que no eran dueños de tierras ni vivienda, algo extraño a Cisasturia, una sociedad de pequeños propietarios rurales.
En esas zonas meseteñas, el grano recogido podía depositarse y guardarse directamente sobre el suelo, en cierto tipo de silos, mientras que en el espacio básicamente leonés -al oeste del río Cea- no sería posible por la mayor pluviosidad y humedad del terreno (el producto acabaría pudriéndose). Por eso, aquí era necesario conservarlo en altura: en las casas labradoras de escolgadizo, corredor y portalina en el caso de las vegas y llanuras, y en los hórreos en los valles de montaña.
Hábiles artesanos con la madera, la piedra, el hierro, el lino, la lana y el barro, los leoneses ejercieron a lo largo de la historia otros oficios que los hicieron célebres, como la arriería, con especial relevancia la de los maragatos, quienes también lograron levantar una destacada industria de fabricación de mantas de lana y otros paños.
Una comarca con su propia singularidad en cuanto a rituales e indumentaria cuyos vecinos alcanzaron fama nacional por su honradez en el transporte de caudales, correo, pescado, aceite, telas y otros productos entre los puertos gallegos y Madrid; también babianos, argollanos y fornelos fueron activos arrieros y comerciantes. Por su parte, los alfares de Jiménez de Jamuz, junto a La Bañeza, suministraban cacharros de uso cotidiano, muy apreciados, a todo el Noroeste peninsular.
Otro aspecto fundamental para entender el legado leonés es la trashumancia, el desplazamiento de rebaños entre el Norte y el Sur de la península, tanto por la extrema calidad de los pastos de sus puertos de montaña como por la desarrollada cultura pastoril de unas gentes especialmente dadas a la cría y cuidado del ganado, con todo su cortejo de ferias, mercados y tratantes.
Los trashumantes leoneses hicieron circular palabras, romances, usos y otros elementos etnográficos en ambas direcciones de la Ruta de la Plata, y resulta significativo comprobar que, de las principales cañadas reales españolas, cinco nacen en nuestra región cultural o la atraviesan, y dos llevan el apelativo de “leonesas” en sus nombres.
Y es que este territorio ha venido constituyendo un mundo fundamentalmente rural, con escasas ciudades y villas de tipo urbano si lo comparamos con otros espacios, y cuyas comunidades rurales cuentan con un inmenso patrimonio comunal indiviso formado por montes, fincas, edificios y arboledas -el territorio propiedad de las juntas vecinales leonesas es mayor que todo el País Vasco.
La singularidad de nuestra actual estructura administrativa es buen reflejo de ese sistema de poblamiento: la provincia cuenta, hoy, con 211 municipios y 1.226 juntas vecinales, lo cual supone nada menos que el 36% de las entidades locales menores de toda España. Una institución, la de la junta vecinal, heredera de los antiguos concejos, casi desconocida en otros lugares de España y primer peldaño administrativo para la población rural de esta tierra; una tupida malla de poblaciones que abarca la provincia en su totalidad, del río Valcarce al río Cea.
La junta vecinal es aún más característica de León si la comparamos con territorios próximos: en la provincia de Ourense solo hay una entidad local menor; en la de Pontevedra, ocho; en Lugo, ninguna; en la de Valladolid, nueve.
De este modo, comarcas y zonas aparentemente distintas entre sí como, por ejemplo, Babia y la ribera del Esla, los Argüellos y Maragatos, los valles del Bierzo y la Valdería, Gordón y el Cea, revelan una misma estructura básica en cuanto a forma y tamaño de los pueblos, sistemas de aprovechamiento agrario, derecho consuetudinario y modos de autogestión. Y es que la existencia de un sistema de juntas vecinales generalizado a lo largo de toda la provincia revela, ante todo, una tradición política propia.
Unos esquemas vitales que además llevan asociados un verdadero cúmulo de manifestaciones sociales y lúdicas, comenzando por la figura del filandón (llamado también filandero, filandar, filadoiro, hila, hilandón, serano o velada, según las zonas), reunión nocturna de varias familias en una casa con objeto de hilar las mujeres y de efectuar pequeños trabajos los hombres, pero sobre todo para charlar, contar historias, leyendas y sucedidos, jugar a las cartas e incluso para cantar y bailar.
Los bolos, por su parte, siempre han gozado de una tremenda popularidad en esta tierra, según sus diferentes modalidades: los bolos leoneses (jugados con la llamativa media bola o ‘bola cacha’), los riañeses, los maragatos, los bercianos y los lacianiegos o vaqueiros.
Existen muchos otros juegos populares en esta tierra, pero en su parte oriental, tanto en la Montaña como en la Ribera, destaca sobremanera la lucha leonesa, deporte autóctono de enorme afición que mantiene y renueva cada año su propia mitología de héroes, caídas y combates legendarios: dos contendientes se miden en el centro del ‘corro’ formado por los espectadores y pugnan por tirar al otro de espaldas, agarrándose de unos cintos que no pueden soltar, valiéndose de su habilidad, fuerza, equilibrio y de toda una serie de ‘mañas’ o llaves específicas.
Otro elemento patrimonial que ha alcanzado un alto nivel de iconicidad en nuestra época es el ramo, esa estructura de madera decorada con velas, cintas, flores, dulces o frutas que se ofrecía en fiestas como la Navidad y otras, también en rogativas, celebraciones o como promesa cumplida, la mayoría de las veces junto a una serie de cantos ritualizados y cuyas raíces se hunden en el contexto de ofrendas precristianas en aras de la fertilidad agrícola. O como el carnaval tradicional: mazcaradas, antruejos, entroidos y antruidos con su arcaico, transgresor y sugestivo acompañamiento de guirrios, osos, madamas, vieyas, campaneiros, diaños, zamarrones y muchos otros personajes más.
Entrañable y cotidiana es también la “cuelga” o cordel al que se atan chucherías y regalos y que se coloca en el cuello de aquel que cumple años.
Pero si hay unos objetos que con mayor grado de fidelidad han conseguido simbolizar la identidad leonesa, esos son los pendones, las enormes, coloristas y vistosas enseñas que representan a cada uno de los pueblos de la provincia y que, en cientos de casos, lo mismo que ha sucedido con los antruejos, han sido objeto de una entusiasta recuperación protagonizada por los propios vecinos. De discutido origen -algunos aluden a las guerras medievales-, actualmente se portan (y bailan) con motivo de numerosas fiestas, romerías, peregrinaciones o convivencias, convirtiéndose también en importantes embajadores de lo leonés fuera de nuestras fronteras.
Y si cualquier comunidad humana ha venido expresando su día a día en un idioma o idiomas concretos, es necesario hablar de la lengua y lenguas patrimoniales de los leoneses, un punto que, además, revela el enorme interés intelectual que esta tierra despertó entre algunos de los filólogos, historiadores y etnógrafos más relevantes del país: en su pionero libro ‘El dialecto leonés’ (1906), el padre de la filología hispánica Ramón Menéndez Pidal describe ese gran tronco lingüístico que va desde Asturias a Extremadura, definiendo con exactitud los rasgos de una lengua en la que, junto con el latín, se redactaron los documentos oficiales del reino leonés durante cerca de trescientos años. Y que, en calidad de habla viva, a comienzos del siglo XX se seguía empleando a las puertas de las ciudades de León y Zamora, en una amplia franja occidental que abarcaba, en nuestra región cultural, los valles de Los Argüellos, Gordón, Luna, Babia, Laciana, Ribas del Sil, norte y este bercianos, la Cabrera, Valduerna, Valdería, Maragatos, la Cepeda, Omaña, la ribera del Órbigo, Sanabria, Aliste.
A pesar de su alarmante mengua, fruto de un claro desamparo administrativo, es necesario recordar que el actual estatuto de autonomía avala su “protección específica” por su “particular valor dentro del patrimonio lingüístico” y que diversas asociaciones e instituciones luchan diariamente por su supervivencia. Pionero de su cultivo literario fue el escritor y militar Caitano Álvarez Bardón (1877-1924) mientras que la figura más prolífica y relevante la encarnó Eva González (1918-2007), autora de una veintena de obras entre poesías, cuentos y romances.
Otros nombres de autores destacados en esta lengua son los de Roberto González-Quevedo, Francisco González-Banfi, Nicolás Bartolomé Pérez, Fran Allegre, Beatriz Blanco Fontao, Silvia Aller… En la provincia, los hablantes patrimoniales de las diversas variantes de leonés se encuentran hoy sobre todo en el Alto Sil, Laciana y Fornela, en el Noroeste, y en la Cabrera al Suroeste.
Además, al Oeste del río Cúa el habla tradicional es el gallego de tipo oriental con abundantes leonesismos, fruto de un histórico y continuo contacto entre ambas lenguas. El libro ‘Ensayos poéticos en dialecto berciano’ (1861), de Antonio Fernández y Morales, es incluso anterior a los célebres ‘Cantares gallegos’ de Rosalía de Castro. En los valles de Ancares, Burbia, Valcarce y Barjas, y en los entornos de Villafranca, Cacabelos y Las Médulas, la lengua gallega sigue estando muy viva entre la población. Es, por tanto, un idioma también propio de nuestra tierra junto al leonés y al castellano, este último el más comúnmente usado, bien que trufado de reminiscencias y exponentes de la vieja lengua como nuestros inseparables diminutivos en “-ín”, “-ina”, y un enorme caudal de términos propios, giros, formas verbales, toponimia, etcétera.
No solo Menéndez Pidal, también otros muchos estudiosos se sintieron interesados o fascinados por una tierra que parecía ser el arca en el que la historia hubiera conservado costumbres, hábitos o instituciones, probablemente a causa del aislamiento de estas comarcas y su alejamiento de los centros de poder.
Así, el gran antropólogo Julio Caro Baroja dejó escrito lo siguiente: “Difícilmente se podrá encontrar en toda Europa una región en la que los elementos de la cultura moderna se hallen tan en armonía con los datos de un pasado remoto como León”. Y quizá sea la filología el campo desde el que investigadores de la más diversa procedencia evidenciaron la regionalidad y la especificidad de nuestra cultura en su conjunto; por ejemplo, con obras como ‘El dialecto de San Ciprián de Sanabria: monografía leonesa’ (1923), de Fritz Krüger, ‘Dialectología española’ (1967) de Alonso Zamora o ‘Trabajos sobre el dominio románico leonés’ (1960), de Diego Catalán, también coordinador de una destacada recopilación de cuentos tradicionales. A propósito del tan arraigado sistema concejil, el notario e investigador Elías López Morán no dudó en afirmar en su libro ‘Derecho consuetudinario leonés’ que, “si se perdieran todas las leyes de España, continuarían los leoneses haciendo vida regular al amparo de sus costumbres”.
Esta tierra, desde principios del siglo XX y aun antes, atrajo a diversas personalidades interesadas en estudiar usos y prácticas que en otros lugares había arrollado el progreso -entre las cuales no hay que olvidar las leyendas y ciclos épicos-.
Menéndez Pidal recogió aquí el romance del convidado de piedra, antecedente del ‘Don Juan Tenorio’, y los alumnos de la Escuela Madrileña de Cerámica pasaban temporadas con objeto de retratar los peculiares trajes maragatos, pero también la burguesía de Madrid, las familias de mineros asturianos y gentes de muchas otras procedencias acudían en verano a tomar los aires de la montaña y las riberas leonesas, y a pescar en algunos de los más fecundos ríos trucheros de la península. Y es que la riqueza piscícola de León es célebre en toda Europa, algo muy ligado a otro peculiar tipo de artesanía, la de la fabricación de moscas o señuelos para la pesca con plumas de dos variedades de gallo que solo se crían en el valle del Curueño: el pardo y el indio.
De hecho, el llamado ‘Manuscrito de Astorga’ (1624), de Juan de Vergara, es el primer libro que aborda esa temática a nivel mundial. Razas autóctonas entre las que también se cuentan la vaca mantequera, el carea o perro pastor y el mastín, tan unidos ambos al mundo de la trashumancia y del pastoreo, y el resistente burro zamorano-leonés.
Animales que siempre acompañaron a estas gentes en su quehacer diario y que, junto a otros como el ineludible cerdo (en León el ‘gocho’ o ‘cocho’) criado en casa, y a la diversificación labradora antes mencionada, son la base de una gastronomía diversa y contundente en la que el omnipresente pimentón dulce y frecuentemente picante, carnes, legumbres, frutas, patatas repuntias y blancas, pimientos, berzas y otros productos de huerta, quesos, dulces, vinos del Bierzo y de la llanura leonesa,
aguardientes, peces de río, cangrejos, ranas y, sobre todo, la cecina de vaca, así como todo un cosmos de embutidos (morcilla, chorizo, salchichón y el botillo como gran monarca), ofrecen platos tan poderosos como las sopas de trucha, la cecina de chivo, la pastoril familia de las chanfainas y calderetas, o los cocidos maragato y leonés.
De los días de Semana Santa -de tanta relevancia en nuestra tierra, con su soberbio despliegue de cofradías, tallas y ceremoniales, es característica la limonada artesanal a base de vino, azúcar, frutas y canela, y también el juego de las chapas con sus proverbiales apuestas, ambas manifestaciones muy propias de casi toda la provincia, tanto de su parte oriental como de la occidental. A la figura mítica y literaria de Genarín, reverso canalla y terrenal de la semana de Pascua, se le brinda una insólita procesión en León ciudad: es la ambivalencia de un territorio sincrético donde lo profano, lo religioso y una reminiscencia del lejano paganismo se entremezclan.
Pero esas costumbres de las que hablaba López Morán incluyen, además, un ingente conjunto de bailes, canciones, ritmos y tonadas: los titos, chanos, jotas, mudaos, bailes en corro y moliñeiras hermanan nuestras comarcas con el folclore de todo el Noroeste ibérico y con la Ruta de la Plata, y los especialistas están de acuerdo en subrayar que el rasgo más acusado de la canción y el baile de estas tierras es una diversidad que no encuentra parangón en casi ningún otro lugar de España, con una extraordinaria variedad tonal y estructural. Además, del Bierzo son muy representativos los cantos corales llamados comúnmente ‘de bodega’, a cargo de rondas o agrupaciones.
El dúo de instrumentos emblemático de León -la flauta de tres agujeros o ‘chifla’ y el tambor o ‘tamborín’- se extiende no solo por las provincias de Zamora y Salamanca sino también por Extremadura, y llega incluso hasta Huelva -la ‘flauta rociera’-. Junto a la dulzaina o zuzaina, la gaita de fole, el rabel, el acordeón, y esas panderetas y pandeiros cuadraos cuyo repertorio en León resulta poco menos que abrumador, se va conformando el rico panorama de la música y el baile en el viejo reino.
En esta región cultural, en ese “ámbito leonés” como lo ha bautizado el etnógrafo y poeta José Luis Puerto, surcado de vías pecuarias, canciones, veladas nocturnas y palabras, se comparten también muchos elementos de la indumentaria.
Concretamente, en la provincia destacan los manteos, rodaos y pañuelos femeninos atados en lo alto de la cabeza y las prendas de lana y lino, así como la joyería popular.
Siguen llamando la atención del visitante las madreñas o galochas, calzado hecho con una sola pieza de madera de haya o abedul que se asienta sobre tres tacos o ‘tarucos’, tradicionalmente usadas en todas las comarcas, tanto de la montaña como del llano. Se trata de un elemento presente solo en la España húmeda, área donde medran las vacas lecheras gracias al abundante forraje, donde se ahúman los embutidos ‘para que no se pierdan’ y donde se guardan los alimentos lejos del suelo con el fin de conservarlos.
En razón de su aislamiento y de su apego a los usos heredados, en estos valles, riberas y páramos se mantuvieron también creencias que hunden sus raíces en tiempos anteriores a Roma, con personajes, geniecillos y divinidades encubiertas cuyo estudio y popularización se han visto hoy intensificados: ahí están los reñubeiros que cabalgan las nubes y lanzan el pedrisco sobre tierras y sembrados; la Vieja del Monte, encargada de enviar regalos a los más pequeños de la casa; los traviesos trasgos y diañes; los dragones aquí llamados cuélebres o culebrones; los moros o mouros que viven bajo tierra y elaboran preciosos objetos de oro y las xanas, mouras u ondinas que peinan sus cabelleras en fuentes y manantiales.
Todo ello ha ido dejando huellas de memoria popular y de toponimia en el paisaje leonés, un territorio complejo en lo natural que alterna altas cumbres con valles profundos, vegas arboladas y amplias tierras de labor: la provincia es una de las más montañosas de España, con más de la mitad de su superficie por encima de los mil metros y más de 400 picos que superan los dos mil metros, a lo que se suma tanto la diversidad de sistemas (la Cordillera Cantábrica, los Montes de León) como la realidad de ser, junto a Asturias, la provincia española con más Reservas de la Biosfera (Picos de Europa, Los Argüellos, Alto Bernesga, Omaña y Luna, Babia, Laciana y Ancares) y de poder contar entre sus límites con un parque nacional, uno regional, uno natural y tres monumentos naturales. En esta geografía escarpada y diversa destaca la presencia de El Bierzo como entidad con personalidad propia, esa gran región natural “a la que solo puede llegarse bajando”, como se suele decir, y que desde hace un tiempo funciona como enseña, el espacio más reconocible de todo León de cara al exterior.
En 2022, la ONU distinguió con su exclusivo sello SIPAM (Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial) a toda la parte montañosa y de vegas altas, dos tercios de la provincia, en reconocimiento a su sistema agroforestal y ganadero gestionado de forma comunal que combina biodiversidad, cultura tradicional y riqueza alimentaria. Un peculiar paisaje en mosaico donde se aúnan la diversidad de cultivos, la pradera, el monte bajo y el bosque. Solo hay cinco sellos SIPAM en España, y un centenar en todo el mundo. Espacios naturales que, por su espectacularidad, son también hogar de especies desaparecidas en otros lugares, como el oso pardo o el urogallo, amén de otras tan características como el lobo ibérico, los ciervos, rebecos y corzos, el águila real, el desmán, la nutria, la avutarda… y otras antaño desbordantes y hoy en recuperación como el cangrejo de río, que fuera objeto de deseo para infinidad de veraneantes y fuente de proteína para tantas familias aldeanas.
A esa larga serie de esquemas tradicionales vino a imponerse, a finales del siglo XIX, la Revolución Industrial con todo un sinfín de convulsiones económicas y sociales que vinieron a trastocar casi por completo la vida cotidiana en la provincia.
Fue en esa época cuando comenzaron a registrarse unos mayores flujos migratorios a tierras americanas -los leoneses marcharon sobre todo a Cuba, México y Argentina-, donde alimentarían la vida económica, social y cultural de las comunidades en las que se implantaron, en ocasiones dirigiendo destacadas empresas y fundando importantes centros regionales, como la Colonia Leonesa de Cuba, la Agrupación Leonesa de México o el Centro Región Leonesa de Buenos Aires, este último creado por emprendedores bercianos. Pero las mayores transformaciones ligadas a la industrialización tuvieron lugar en las comarcas con riqueza de minerales (sobre todo carbón) en su subsuelo, y en las que grandes empresas acabarían por hacerse casi todopoderosas, marcando por décadas el día a día y configurando la existencia de una auténtica ‘cultura minera’.
Algo en absoluto alejado de la historia leonesa, pues de su sector occidental (El Bierzo, Maragatos, Omaña, Valduerna) se extrajeron ingentes cantidades de oro hace dos mil años, con especial incidencia en el paraje de Las Médulas, hoy Patrimonio de la Humanidad y que en su momento constituyó la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio Romano. El mineral extraído de esta tierra fue, en esencia, el gran pilar sobre el que Roma sustentó su economía y su expansión militar.
A diferencia de Asturias, donde la empresa extractiva era de índole pública, en León predominó la de capital privado, con las grandes firmas de la MSP (Minero Siderúrgica de Ponferrada) en El Bierzo y Laciana, y la Hullera Vasco-Leonesa en la Montaña Central, aunque también hubo otras. Empresas paternalistas que abarcaban casi todos los ámbitos de la vida -también los lúdicos y festivos- con su particular sistema de economatos, consultorios médicos, equipos deportivos y viviendas y poblados propios que convirtieron a estas cuencas en mundos cerrados y autosuficientes donde una generación tras otra iba encontrando sustento.
El mundo de la minería, duro, combativo y sindical, también con su rosario de muertes trágicas -ese era el envés del dinamismo, la riqueza y el aporte de población llegados a estos valles- marcó el siglo XX en la provincia, y su rápido auge hizo que su caída resultase aún más traumática. A finales de los años ochenta y principios de los noventa comenzó el goteo de cierres de explotaciones, y la última mina de carbón de interior dejó de funcionar en 2018. La tan anunciada reconversión resultaría, al final, un proceso fallido en el que las cuencas no recibieron el impulso reindustrializador prometido, con el resultado de una galopante despoblación, infraestructuras olvidadas y ruinosas, y una aguda frustración social.
Precisamente ese sentimiento de caída o de decepción colectiva fue compartido y general entre los leoneses en los años correspondientes a la transición democrática y posteriores, pues toda una serie de cambios sociales colaboraron en la construcción de tal estado de ánimo: la agricultura, antaño boyante, de repente se vio presionada para aumentar el tamaño de las explotaciones y el nivel económico que alcanzaba el país;
emprender su modernización, por lo que salió a la calle en demanda de soluciones con tractoradas, cortes de carreteras y manifestaciones; la industria heredada del franquismo se encontraba en su mayor parte obsoleta para
el turismo de río y montaña se había estancado ante las nuevas tendencias del ocio; la minería, como ya se ha dicho, comenzó a asomarse al abismo… y no hay que olvidar un hecho tan mediático y traumático como la demolición de la villa de Riaño, capital de la Montaña Oriental, y de otros siete pueblos del que fuera uno de los valles más bellos de la Cordillera Cantábrica, en diciembre de 1987, tras la decisión del Gobierno de reactivar el proyecto de cerrar el mayor embalse de la cuenca del Duero, iniciado por Franco en 1963 y que llevaba cerca de una década paralizado.
Por otra parte, mientras el resto de territorios históricos del país caminaba hacia su autonomía, las multitudinarias manifestaciones registradas en favor de la creación de una comunidad autónoma leonesa fueron desoídas por los principales partidos políticos y por el gobierno central, de modo que finalmente la provincia y la región histórica de León quedaron incluidas dentro de la comunidad llamada ‘Castilla y León’ junto a seis de las provincias que antes habían conformado la región de Castilla la Vieja.
No era la primera vez que desde León se alzaba la voz para denunciar ese tipo de presiones y/o de confusión territorial: durante la I República (1873-1874), con motivo de la redacción del proyecto de constitución federal, la Diputación protestó airadamente ante la idea de integrar a la provincia en el “estado castellano” con un manifiesto en el que, entre otras cosas, se argumentaba lo siguiente:
“No pretende León en manera alguna ser el centro de un Estado al que concurrieran otras de las actuales provincias sino formarle por sí solo y no perder su autonomía, ni el glorioso nombre de leoneses sus habitantes, que con él y no con el de castellanos se han distinguido siempre por su patriotismo, laboriosidad y cordura”. Que León, en cuanto tal, no figurase en esa nueva constitución provocó un fuerte rechazo en la provincia.
Un final del siglo XIX marcado además por todo un movimiento intelectual -la llamada ‘generación del 98’- que hizo de Castilla la quintaesencia de España, sublimando ese territorio, ampliando sus límites y propiciando la asimilación, en los ámbitos de prestigio literario, de lo leonés a lo castellano. El hecho de que León fuera introducido en la actual autonomía tras una etapa plagada de presiones políticas, confusión social y desatención de las manifestaciones populares tiene asimismo que ver con la amplia repercusión -creativa pero también social- alcanzada por aquella escuela de pensamiento.
Con una vertiginosa caída en las cifras de población y natalidad, sobre todo a partir de los años de la Transición, un envejecimiento extremo y una masiva marcha de jóvenes
y miembros de las capas sociales más dinámicas hacia otros lugares del país y del extranjero, la provincia de León toca su fondo demográfico en 2024 (448.000 habitantes), alejada de las casi 600.000 personas con las que contó en la década de los sesenta: aquel fue su máximo histórico, en parte efecto de la autarquía que en décadas anteriores, tras la guerra civil, había promovido en esta tierra cultivos como el del lúpulo -León sigue siendo líder nacional de esta producción-, la remolacha azucarera y la cría de vacuno de leche, amén del desarrollo industrial y minero; una etapa en la que la provincia estaba tanto o más poblada que otras similares y en la que su capital mostraba una progresión superior a la de ciudades españolas hoy con mayor número de habitantes
Descensos en lo demográfico y en lo económico que se unieron a otros estragos cotidianos ocurridos a lo largo del siglo XX, quizá menos cuantificables pero sí incuestionables, como la pérdida de saberes, palabras, arquitectura popular, objetos de arte popular y sacro, y muchos otros aspectos a los que sumar la desaparición física de nada menos que treinta y dos pueblos con motivo de la construcción de embalses y la tala y devastación de la mayor parte del paisaje tradicional de
‘sebes’ -setos vivos que separaban los prados y fincas, una extraordinaria fuente de humedad y biodiversidad- a causa de las concentraciones parcelarias. Intervenciones que muchas veces han dejado un paisaje irreconocible sobre todo en las riberas, donde se pasó de un minifundismo arbolado y sostenible a una suerte de polígonos agro-industriales que, también es cierto, han colocado a la provincia a la cabeza de los territorios productores de maíz de España.
Ante ese estado de cosas es necesario hacer notar el protagonismo de la sociedad civil registrado en las últimas décadas en cuanto a la recuperación de elementos patrimoniales se refiere, tales como los pendones, las mascaradas o los ramos. Un asociacionismo activo que reclama y que en ocasiones se anticipa a las instituciones en la puesta en valor de diferentes aspectos culturales e identitarios. Y es que la espontánea y vivaz acción creativa de nuestro mundo rural -los filandones como escuelas de contadores de
historias, los artesanos, las ‘pastoradas’ o teatro popular navideño, los ‘echadores’ de comedias, etcétera- bien podría estar detrás de la admirable nómina de narradores, poetas, artistas plásticos y comunicadores con los que cuenta esta tierra, con un nivel y un reconocimiento que en varios casos supera la escala nacional.
Un ‘humus’ creativo de primer nivel que es también la otra cara (y quizá también su válvula de escape) de la destrucción de la cultura rural y de la difícilmente asumible pérdida de puestos en los ránkings poblacionales y económicos.
Porque León, incluso teniendo en cuenta su configuración actual, es más que una provincia. Es el espacio del que brotó todo un caudal de leyes, fueros, costumbres, palabras, sonidos, usos e instrumentos y que ha venido articulando una amplia franja ubicada en el oeste de la Península Ibérica: a lo largo de los siglos, viajeros, escritores, investigadores y cronistas llamaron “León” o “Reino de León” a la totalidad o a una parte de ese territorio cultural, tal y como, por ejemplo, puede apreciarse en la mayoría de los mapas de España editados durante los siglos XVII, XVIII, XIX y parte del XX.
Y es que, al final, quizá lo más curioso de León es que no desaparece. Que no claudica, que no se calla. Que, a pesar de los muchos reveses sufridos, de las muchas pérdidas e infortunios, de las diversas derrotas, hace oír su voz y periódicamente salta a las calles y a los medios. Que sigue estando ahí, advirtiendo a quien pueda o quiera oírlo que este es un pueblo tenaz y resistente que no ceja en su empeño de reclamar un lugar propio, al mismo nivel -no más que nadie, pero tampoco menos- que el resto de las gentes de España.
Que nuestra cultura, que nuestra personalidad y regionalidad, son un hecho.
Son los leoneses y leonesas quienes, día tras día, lo hacen posible.
























